El Can Mayor en El Cielo

El Cielo está com­puesto por un aba­nico de pai­sa­jes, desde una pla­ni­cie cos­tera con ambien­tes de playa, rodeada de una flora haló­fita cre­ciendo sobre la tersa arena y una fauna de tran­si­ción entre el mar y la tie­rra, afe­rrada a las rocas baña­das por las impe­tuo­sas olas; a unos cuan­tos kiló­me­tros del mar y a sólo 800 m de alti­tud, la selva baja, con exu­be­rante flora, ago­biante hume­dad y bulli­ciosa fauna; al ascen­der otros 700 m, tra­tando de abar­car con la mirada otros pai­sa­jes, vería­mos la selva alta con árbo­les de tallas de más del doble de la selva baja, donde ful­gu­ran­tes rayos del Sol insis­ten, sin con­se­guirlo, tras­pa­sar su dosel for­mado por un tupido follaje.

Varios cien­tos de metros más arriba, a los 1500, lle­ga­ría­mos al bos­que mesó­filo, zam­bu­llido al ama­ne­cer en espesa nie­bla y apa­rente silen­cio, roto por algu­nas aves y sigi­lo­sos ani­ma­les que pisan su mullido suelo, con reta­ce­ría de mus­gos, líque­nes, hele­chos y una rica varie­dad de orquí­deas, vege­ta­ción sobre la que pro­li­fe­ran los hon­gos y donde insec­tos y ara­ñas cavan intrin­ca­das gua­ri­das, junto a roe­do­res y peque­ños mamí­fe­ros. En la cús­pide de la sie­rra, tras una vol­te­reta en la Sie­rra de la Maroma, comienza el des­censo a sota­vento, opuesto al mar, donde se mues­tra la seve­ri­dad de un clima seco, el agua pre­ciado tesoro para las plan­tas del desierto, el pai­saje ahora está domi­nado por enor­mes cac­tus, con espi­nas como defensa con­tra todo el que quiera robarle el agua de sus sucu­len­tos teji­dos, y la fauna que ansía la oscu­ri­dad de los cie­los estre­lla­dos para ali­viar el ago­biante calor y para salir a cazar… o ser cazada.

Con excep­ción de los ambien­tes de playa, los otros cua­tro eco­sis­te­mas: selva baja peren­ni­fo­lia, selva alta peren­ni­fo­lia, bos­que de pino-encino-oyamel y desierto con­for­man la Reserva de la Bios­fera El Cielo y en ellos se des­pliega una bio­di­ver­si­dad esplén­dida; limita al E con el Golfo de México y por el W remonta la Sie­rra Madre Orien­tal; con 145 mil ha y los cua­tro eco­sis­te­mas son baña­dos insis­ten­te­mente, entre mayo y octu­bre, por el agua de las cumu­lo­nim­bus, de gran­dioso desa­rro­llo ver­ti­cal; sin embargo, durante algu­nas sema­nas, hay una ausen­cia de nubes, el cielo bri­lla con todo ful­gor y en con­se­cuen­cia merma el llanto pro­ve­niente de las nubes en El Cielo. A este fenó­meno se le llama caní­cula por­que en el hemis­fe­rio norte, en los meses de julio y agosto, la cons­te­la­ción del Can Mayor bri­lla y el cielo raso per­mite admi­rarla en el fir­ma­mento. Esta merma de llu­via ha sido cono­cida por cien­tos de miles de años, sólo que hasta recien­te­mente se ha podido cuan­ti­fi­car; ade­más los sis­te­mas de infor­ma­ción geo­grá­fica faci­li­tan el aco­pio de datos y la inter­pre­ta­ción tri­di­men­sio­nal de los pro­ce­sos meteorológicos.

En días de caní­cula, como en una mesa de billar cuando coli­sio­nan dife­ren­tes bolas, se suce­den cam­bios con­ca­te­na­dos en la tro­pos­fera, la capa más baja de la atmós­fera donde se desa­rro­llan las nubes; al mer­mar éstas, la llu­via se ausenta y los rayos sola­res caen a plomo, ya que la Reserva colinda con el Tró­pico de Cán­cer y, por lo tanto, en esos meses tiende el Sol a ubi­carse cerca del cenit; asciende la tem­pe­ra­tura del aire y se ali­gera su peso, de manera que la pre­sión dis­mi­nuye; ambas con­di­cio­nes aumen­tan la capa­ci­dad del aire para alma­ce­nar vapor, en con­se­cuen­cia la hume­dad rela­tiva asciende y el ambiente se reseca, indu­ciendo a las plan­tas a evapo-transpirar más para tra­tar de recar­garlo de nuevo y en el pro­ceso, muchas de ellas pier­den agua hasta fatal­mente secarse.

En México la llu­via del verano pro­viene de los vien­tos ali­sios que soplan de NE a SW, en la super­fi­cie, y reco­gen hume­dad de las aguas cáli­das del Golfo de México; la caní­cula puede pen­sarse como un retorno de la cir­cu­la­ción inver­nal en la tro­pos­fera, que explica la ausen­cia de llu­via. La dura­ción de este fenó­meno en El Cielo es varia­ble, puede abar­car de uno a cua­tro meses. De igual manera la inten­si­dad de la caní­cula puede ser débil, media o severa y un aspecto des­ta­ca­ble es su com­por­ta­miento cíclico; es decir, ini­cia con baja inten­si­dad durante 4 o 5 vera­nos, luego la incre­menta otros tan­tos, hasta alcan­zar su máxima inten­si­dad por el mismo período, cum­pliendo así un ciclo que abarca de 12 a 15 años.

Cada eco­sis­tema en El Cielo, se adapta y res­ponde de manera dis­tinta a la caní­cula, en la región árida sus habi­tan­tes han desa­rro­llado múl­ti­ples meca­nis­mos bio­ló­gi­cos para no per­der el agua; sin embargo, en las sel­vas y el bos­que el per­jui­cio es mayor, pues nor­mal­mente se cuenta con el vital líquido y, cuando falta, sus habi­tan­tes no tie­nen defen­sas para afron­tar la canícula.

Para mayor información:

SÁNCHEZ-SANTILLÁN, Norma Leti­cia, BINNQÜIST CERVANTES, Gil­berto Sven y GARDUÑO LÓPEZ, René. Sequía intra­es­ti­val en la Reserva de la Bios­fera El Cielo y su entorno, Tamau­li­pas, México. Cua­der­nos de Geo­gra­fia: Revista Colom­biana de Geo­gra­fía, 2018,  27(1), p. 146–163.

Norma Sán­chez San­ti­llán es pro­fe­sora de cli­ma­to­lo­gía apli­cada en la Uni­ver­si­dad Autó­noma Metro­po­li­tana, de México.

Ficha biblio­grá­fica:

SÁNCHEZ-SANTILLÁN, Norma Leti­cia. El Can Mayor en El Cielo. Geo­cri­tiQ. 20 de abril de 2018, nº 383. [ISSN: 2385–5096]. <http://www.geocritiq.com/2018/04/el-can-mayor-en-el-cielo>

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