¿Quién teme a la gentrificación?

El movi­miento aso­cia­tivo de un barrio se esfuerza por man­te­ner la vida cul­tu­ral, las fies­tas popu­la­res, las rela­cio­nes entre los veci­nos. Esto lo con­vierte en un lugar diná­mico y pla­cen­tero, al que nume­ro­sas per­so­nas quie­ren ir a vivir. La atrac­ción se refleja en los pre­cios de la vivienda y al cabo de los años los hijos de aque­llos que habían pro­ta­go­ni­zado la vida aso­cia­tiva ya no  pue­den per­mi­tirse resi­dir allí.

En otro barrio, ubi­cado en la peri­fe­ria, los veci­nos recla­man desde hace tiempo trans­porte público. Final­mente llega el metro y el barrio es ahora mucho más acce­si­ble que antes. Fami­lias que nunca habrían pen­sado resi­dir en este área ahora se lo plan­tean. Los pre­cios de la vivienda y los loca­les suben. El barrio, más acce­si­ble en tér­mi­nos de movi­li­dad, deviene menos ase­qui­ble en tér­mi­nos económicos.

Un ter­cer barrio carece de equi­pa­mien­tos. Des­pués de no pocas bata­llas, las admi­nis­tra­cio­nes públi­cas ter­mi­nan ins­ta­lando un cen­tro de asis­ten­cia médica y refor­mando la escuela. Las con­di­cio­nes de vida mejo­ran rápi­da­mente y el barrio es ahora un lugar más atrac­tivo. Pero un barrio mejor equi­pado suele ser  más caro. Las fami­lias que viven en alqui­ler sufren por la subida que se puede pro­du­cir cuando se les acabe el contrato.

Los tres ejem­plos, que podrían pro­ce­der de cual­quiera de nues­tras ciu­da­des, plan­tean la misma con­tra­dic­ción: mien­tras exista el mer­cado del suelo y la vivienda, cual­quier mejora que se pro­duzca en la ciu­dad ten­drá reper­cu­sión sobre los pre­cios inmo­bi­lia­rios. Como es sabido, los pre­cios actúan como un fil­tro que con­di­ciona la capa­ci­dad de los indi­vi­duos y las fami­lias a la hora de ele­gir el lugar de resi­den­cia, de tal forma que los gru­pos socia­les tien­den a verse sepa­ra­dos en la ciu­dad según su capa­ci­dad de lici­tar en el mercado.

Esta ten­den­cia hacia la segre­ga­ción social, que es con­sus­tan­cial al pro­ceso de urba­ni­za­ción capi­ta­lista, genera gran­des dife­ren­cias en la renta media de los diver­sos barrios de la ciu­dad. En oca­sio­nes, el pro­ceso de segre­ga­ción se con­creta a tra­vés del reem­plazo de la pobla­ción de bajo nivel de renta de un barrio por otra más aco­mo­dada: desde hace unos años este fenó­meno espe­cí­fico tiende a deno­mi­narse con el voca­blo anglo­sa­jón gen­tri­fi­ca­ción (de gen­tri­fi­ca­tion, que tal vez podría tra­du­cirse por abur­gue­sa­miento o elitización).

El barrio del Raval en Barcelona.

El barrio del Raval en Barcelona.

De manera nada sor­pren­dente, el tér­mino ha ganado pre­sen­cia des­ta­cada en el debate público de los últi­mos tiem­pos. En una situa­ción de cre­cien­tes desigual­da­des socia­les y de difi­cul­ta­des de acceso a la vivienda, las ten­sio­nes aso­cia­das a la segre­ga­ción urbana lógi­ca­mente se agra­van. El fenó­meno tiende a hacerse gene­ral: empre­sas, fon­dos de inver­sión y par­ti­cu­la­res pare­cen haberse hecho cons­cien­tes de las ganan­cias poten­cia­les que pue­den deri­varse de los incre­men­tos de la renta urbana deri­va­das de la gentrificación.

Bien es ver­dad que la cues­tión no se plan­tea con la misma inten­si­dad en todas las ciu­da­des. Una dife­ren­cia fun­da­men­tal deriva del régi­men de tenen­cia pre­va­lente. Si la mayo­ría de las per­so­nas viven en vivienda de alqui­ler pri­vado de renta libre, las posi­bi­li­da­des de que la mejora de un barrio acabe com­por­tando pro­ce­sos de des­pla­za­miento resul­tan bas­tante ele­vada. En cam­bio, si la mayo­ría de las per­so­nas viven en régi­men de pro­pie­dad, la mejora redunda en prin­ci­pio en un incre­mento del valor de su patri­mo­nio y el pro­ceso de des­pla­za­miento es más lento o inexistente.

Sea como sea, la gen­tri­fi­ca­ción es una ame­naza real que no puede ser igno­rada y afecta de manera evi­dente algu­nos barrios de nues­tras ciu­da­des. Esta situa­ción podría lle­var a la para­doja de hacer inde­sea­bles o sos­pe­cho­sas las mejo­ras urba­nas: los veci­nos debe­rían dejar de recla­mar o defen­der las zonas ver­des (de hecho, ya hay quien afirma que green is the new white), las admi­nis­tra­cio­nes no debe­rían mejo­rar los trans­por­tes, los ser­vi­cios y los equi­pa­mien­tos (ya que esto altera la renta urbana), los turis­tas y los inmi­gran­tes no serían bien­ve­ni­dos (por­que se suman a la demanda resi­den­cial y esto tiene inci­den­cia sobre los pre­cios). Lle­vando el razo­na­miento al extremo, tanto los movi­mien­tos urba­nos que pug­nan por mejo­rar las con­di­cio­nes de vida como las admi­nis­tra­cio­nes que qui­sie­ran lle­var a cabo polí­ti­cas trans­for­ma­do­ras se encon­tra­rían ate­na­za­dos por esta con­tra­dic­ción y abo­ca­dos a la impotencia.

La salida del ato­lla­dero se encuen­tra, claro está, en la reduc­ción de las desigual­da­des socia­les, obs­táculo prin­ci­pal al goce del dere­cho a  la ciu­dad (y de muchos otros dere­chos). Para ello, son nece­sa­rias polí­ti­cas fis­ca­les, labo­ra­les y socia­les de escala nacio­nal e inter­na­cio­nal. Pero las polí­ti­cas urba­nas pue­den con­tri­buir tam­bién tanto a redu­cir las desigual­da­des como la segre­ga­ción. Para hacerlo, debe­rán inci­dir en la otra varia­ble de la ecua­ción: la regu­la­ción del mer­cado del suelo y la vivienda. Por un lado, es nece­sa­rio pro­mo­ver vivienda pública y pro­te­gida en todas las áreas de la ciu­dad, en par­ti­cu­lar, aque­llas que son objeto de reno­va­ción urbana. Por otro, resulta impres­cin­di­ble incre­men­tar la pro­pie­dad colec­tiva del suelo, ya sea a tra­vés de meca­nis­mos de tenen­cia coope­ra­tiva o comu­ni­ta­ria, ya sea a tra­vés de la pro­gre­siva muni­ci­pa­li­za­ción del suelo, en par­ti­cu­lar del suelo urbanizable.

Para hacer frente a los ries­gos aso­cia­dos a la segre­ga­ción, las actua­cio­nes de mejora urbana deben ir inse­pa­ra­ble­mente uni­das a la volun­tad de gober­nar las trans­for­ma­cio­nes en bene­fi­cio de la colec­ti­vi­dad. Si las mejo­ras urba­nas tie­nen efec­tos sobre los pre­cios inmo­bi­lia­rios, en vez de caer en la impo­ten­cia y resig­nar­nos a vivir en con­di­cio­nes de vida defi­cien­tes por temor a la gen­tri­fi­ca­ción, regu­le­mos el mer­cado. La trans­for­ma­ción –tan radi­cal como sea nece­sa­rio–  de la ciu­dad y de la socie­dad no puede ser otra cosa que el resul­tado de un pro­ceso: un avance pro­gre­sivo, con­se­guido a tra­vés de muchas luchas y vic­to­rias par­cia­les, más que la con­se­cuen­cia de una solu­ción final, ins­tan­tá­nea y tau­ma­túr­gica. Recor­dé­moslo. No fuera que la des­con­fianza en nues­tras pro­pias fuer­zas nos redu­jera a la crí­tica esté­ril o la inac­ción resignada.

Para mayor información:

INDOVINA Fran­cesco y NEL·LO Oriol. Gen­tri­fi­ca­tion: Disas­ter, neces­sity, oppor­tu­nity? Notes for a cri­ti­cal use of the con­cept. En ALBET Abel y BENACH Núria (eds). Gen­tri­fi­ca­tion as a glo­bal stra­tegy. Neil Smith and beyond. Abingdon-on-Thames: Routledge, en prensa.

Oriol Nel·lo es pro­fe­sor de Geo­gra­fía en la Uni­ver­si­tat Autò­noma de Barcelona.

Ficha biblio­grá­fica:

NEL·LO, Oriol. ¿Quién teme a la gen­tri­fi­ca­ción? Geo­cri­tiQ. 25 de diciem­bre de 2016, nº 274. [ISSN: 2385–5096]. <http://www.geocritiq.com/2016/12/quien-teme-a-la-gentrificacion>.

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