Juan Ramón Jiménez figura intelectual señera para la protección y gestión de los paisajes. El paisaje en Platero y yo

[S]e cumplen cien años desde la primera edición de Platero y yo, la obra literaria en español más traducida y universal tras El Quijote. Tras una nueva relectura me ha parecido el relato más rico que conozco de las relaciones entre un escritor y su espacio de vida, urbano, rural y natural al mismo tiempo; esta afirmación puede quizás generalizarse si el ámbito de referencia es Andalucía, sin olvidar que esta tierra cuenta con obras tan señaladas en el mismo sentido como Las cosas del campo de José Antonio Muñoz Rojas (1946) y Ocnos de Luis Cernuda (1963). En ningún otro texto literario he encontrado una mayor diversidad y presencia, una capacidad tal para captar vivencias del mundo exterior en la primera edad, por otra parte tan próximas en muchos aspectos a las mías, pues aunque transcurre más de medio siglo desde la infancia de Juan Ramón Jiménez (JRJ), ambas pertenecen a un mismo contexto cultural y socioeconómico, el rural de la España del Sur previo al desarrollismo.

De los 138 pequeños capítulos que contiene la obra en más de 100  (101 al menos) hay referencias a la realidad exterior del autor, a los espacios vividos, a la naturaleza o el medio envolvente: los campos, el pueblo, el río, el interior de la casa propia y de otros edificios, sus patios y corrales, etc. Son muy escasos los capítulos aespaciales, es decir aquellos relativos a personas, animales o sensaciones que no contienen mención al entorno físico exterior. Corrobora esta apreciación la afirmación del autor de la edición crítica  que acabo de leer (M. Predmore, Madrid, 1988) para el que la tesis central del libro es “la intuición del mundo” que en él expresa JRJ; el propio Juan Ramón insistió en la prioridad que en este relato adquiere el espacio geográfico que le rodea: “El recuerdo de otro Moguer, unido a la conciencia del nuevo y mi nuevo conocimiento del campo y jente, determinó el libro”. Otros hechos subrayan, igualmente, la prioridad antes aludida, tales como el título del último capítulo (“A Platero en su tierra”), o la propia estructura formal básica del libro, concebido como un relato organizado por la sucesión de las estaciones del año y principalmente compuesto por las vivencias de los ciclos naturales, agrarios y de la cultura local.

Esta profunda relación entre el autor y su espacio de vida es, por otra parte, constante en la obra que conozco de JRJ, en la que no soy experto ni especialista. Diversos autores  han destacado también esta intensa relación de Juan Ramón con su espacio de vida; Rubén Darío advirtió que el modernismo de JRJ “se alimenta de un íntimo contacto con su tierra” y Federico de Onís, autor de una Antología de la poesía española e hispanoamericana realizada en 1934 señaló que “su pueblo – su infancia- está por todas partes en su obra”.

Por lo que se refiere a Andalucía es preciso destacar que el libro lleva el subtítulo de “Elegía andaluza” y que el autor se definió a sí mismo como “andaluz universal”, e hizo explícito su propósito de exaltación de su tierra frente a la de Castilla, tan pregonada por los miembros de la Generación del 98. Pero, como es bien sabido, la visión que JRJ transmite de Andalucía en Platero y yo no es en absoluto la tópica y convencional; contiene una severa crítica de su realidad social, es claramente contraria a determinadas manifestaciones culturales frecuentemente convertidas por otros en señas de identidad (los toros, la religiosidad bulliciosa); además contiene una sensibilidad entonces infrecuente que hoy llamaríamos ecológica y una sostenida denuncia de la ya incipiente degradación de la naturaleza.

En Platero y yo la palabra paisaje aparece en once ocasiones, una de ellas en un titulo de capítulo, el XIX, Paisaje grana, frecuentemente considerado como uno de los de mayor intensidad en la expresión del sentimiento del poeta respecto al lugar.  Cuanto más avanza la obra más frecuente es la presencia del mundo exterior en ella; parece que otoño e invierno agudizan el sentido elegíaco general del libro, aunque las percepciones y representaciones de los aspectos paisajísticos se extienden también a una sensual primavera y a un verano tan intenso como el de Andalucía.

Más interesante que estas alusiones o menciones expresas del paisaje, es el hecho de la amplia apreciación y la pluralidad de sensaciones y sentimientos referidos al espacio de vida. Como ya he dicho, la obra entera está repleta de observaciones relativas a los elementos del entorno vivido y recordado por el autor; hechos constituidos tanto por detalles nimios y cotidianos como por aspectos complejos que integran componentes diversos y que son captados holísticamente, mediante la capacidad de síntesis e interpretación que caracteriza a todo gran poeta. La actitud observadora y la sensibilidad de JRJ abarca los aspectos visibles o escénicos del paisaje, pero también sus fundamentos naturales y su condición de resultado del largo proceso histórico de construcción social del territorio y, sobre todo, una profunda valoración estética a partir de la percepción sensorial de formas, colores, olores y sonidos. Enriquecen también su comprensión del paisaje las diversas referencias a la pintura de este género y sus precedentes, concretamente a Fra Angelico, Piero di Cosimo, Gustave Courbet, Jean-François Millet, Arnold Böcklin y Joseph Mallord William Turner, generalmente como referentes que han condicionado su mirada y como correlatos añadidos a sus propios sentimientos; otras manifestaciones culturales (musicales, arquitectónicas, etc.) y, lógicamente, literarias, sobre todo poéticas, dan énfasis, con frecuencia, a sus apreciaciones paisajísticas.

“Moguer es igual que un pan de trigo, blanco por dentro, como el migajón, y dorado en torno” (c. XXXVIII, El pan). (Fotografía: Enrique G. Azcárate)

Moguer desde Fuentepiña. (Fotografía: Víctor Fernández Salinas)

Esta capacidad de sentir el espacio vivido permite considerar al autor de Platero y yo como un precursor del reciente entendimiento del paisaje expresado en el Convenio Europeo dedicado a dicho tema y  firmado en Florencia en octubre de 2000, acuerdo internacional auspiciado por el Consejo de Europa que busca conjugar los aspectos artísticos, científicos y sociales reunidos por la cultura occidental durante los últimos cinco siglos en la noción de paisaje y que la vincula a la calidad de vida y la identidad cultural. Con la definición de paisaje que establece dicho Convenio se pretende superar una larga situación sostenida de “diálogo de sordos” entre las disciplinas científicas que utilizan el concepto (Biología, Ecología, Geografía, Geología, Historia, Psicología…), sus originarios referentes artísticos (en pintores y literatos, principalmente) y por su utilización y aplicación  técnica (en Arquitectura e Ingeniería).

En cuanto a la presencia en la obra de los distintos tipos de paisaje hay que señalar, en primer lugar, la inusual variedad en registros paisajísticos ante los que es sensible JRJ. Todo es paisaje, todo el entorno provoca respuesta en él, principalmente de admiración o disfrute, pero también de rechazo. Paisajes urbanos, los más abundantes en consecuencia con el sentido principal de la obra, la vida en Moguer y los recuerdos del pueblo; paisajes agrarios,  que narran sus paseos por las afueras de la población y sus visitas a cortijos, huertos, viñas o a lugares señalados e hitos paisajísticos como el pino de la Corona; paisajes en los que domina lo natural (el arroyo, la colina, las flores silvestres); paisajes serenos y evocadores, junto a lugares muy degradados (el muladar o moridero) o contaminados (el río Tinto); paisajes vistos desde arriba (la torre, la azotea) o a pie de tierra y a distintas escalas de amplitud, apreciando tanto detalles nimios percibidos en proximidad, como unas matas o flores al pie del camino, la riqueza de una vista panorámica de la ciudad o los campos, o intuyendo la presencia lejana del mar, del Coto de Doñana o de la ciudad de Huelva.

Resulta especialmente interesante la atención prestada por el autor a la percepción del paisaje por otros sentidos distintos a la vista, el oído y el olfato, principalmente, y la variada y abundante presencia de los animales, infrecuente en un contexto cultural en el que, en relación con la idea de paisaje, se perciben sobre todo hechos corpóreos estáticos, como las formas del relieve y los ríos, la vegetación natural o los cultivos y las edificaciones. La obra contiene capítulos que podrían calificarse como verdaderos “paisajes sonoros” escritos; esta expresión tan apreciada en el ámbito musical, o recientemente incorporada por los antropólogos en su afán por que no se pierdan ambientes sonoros relativos a actividades en regresión, cobra sentido en JRJ como acompañamiento expresivo y altamente evocador de una realidad compleja con frecuencia reducida por otros autores a lo visto, como si se mirase a través del cristal de una ventana cerrada. La sensibilidad y capacidad del poeta para dar intensidad a través del olfato y el oído a lo visto y narrado se apoya principalmente en los aromas de la naturaleza y en los sonidos lejanos de las actividades humanas o de los animales. Respecto a la presencia de estos últimos en Platero y yo, la primacía corresponde, lógicamente, al protagonista principal y luego a otros animales domésticos, tan significativos en una infancia rural, pero aparecen también otros muchos seres vivos, presentes en el relato de múltiples formas y con muy distintas cargas simbólicas: la libertad lejana del vuelo de las aves migratorias, el impulso dionisíaco del toro bravo suelto, la resignada aceptación de la realidad de la vieja yegua en el muladar; a los paisajes de JRJ no “les falta una pierna”, como significativamente  han dado a entender los relatos de viajeros y escritores europeos sobre América del Norte o África subsahariana, cuando han descrito praderas, sabanas y selvas pobladas por  animales silvestres, aves, insectos, reptiles o mamíferos.

Todas estas observaciones inducen a pensar en la necesidad de un estudio en profundidad sobre la presencia de la noción de paisaje en el conjunto de la obra del autor desde la perspectiva de su más reciente entendimiento, el del Convenio de Florencia, así como en la contribución de JRJ a la formación en España de una sensibilidad social ecológica y sobre el paisaje, ya frecuentemente relacionada con la Institución Libre de Enseñanza y con la figura de Francisco Giner, tan decisivos e influyentes en el propio Juan Ramón. Finalmente estimo que el autor de Platero y yo debe ser considerado como una figura intelectual señera para la protección y gestión de los paisajes andaluces, principalmente apoyando la lectura de esta profunda obra  y fomentando con ella, a través de la educación y de la cultura, una mayor sensibilidad de la población andaluza en relación con su propio espacio de vida.

Para mayor información:

JIMÉNEZ, Juan Ramón. Platero y yo. Predmore, Michael (ed. lit.). Madrid: Cátedra, 1988.

Centro de Estudios Paisaje y Territorio

Fundación Zenobia – Juan Ramón Jiménez

Florencio Zoido Naranjo es Catedrático de la Universidad de Sevilla y Director del Centro de Estudios Paisaje y Territorio.

 

Ficha bibliográfica:

ZOIDO NARANJO, Florencio. Juan Ramón Jiménez figura intelectual señera para la protección y gestión de los paisajes. El paisaje en Platero y yo. GeocritiQ. 30 de diciembre de 2014, nº 108.  [ISSN: 2385–5096]. <http://www.geocritiq.com/2014/12/juan-ramon-jimenez-figura-intelectual-senera-para-la-proteccion-y-gestion-de-los-paisajes-el-paisaje-en-platero-y-yo/>

2 thoughts on “Juan Ramón Jiménez figura intelectual señera para la protección y gestión de los paisajes. El paisaje en Platero y yo

  1. Amigo Florencio,
    Es evidente que el paisaje urbano contiene elementos de poesía y belleza que merecen la atención de muchos poetas. Voy siguiendo con interés sus trabajos sobre paisaje urbano: http://paisajeyterritorio.es/assets/paisaje-urbano.-aportaciones-para-la-definicion-de-un-marco-teorico%2C-conceptual-y-metodologico.-zoido-naranjo%2C-f..pdf
    El Paisaje Urbano es un tema evidentemente transversal. Desde nuestro punto de vista de la gestión del uso del paisaje urbano, creo que sería bueno llegar a establecer una teoría económica del paisaje urbano. Me interesan también las conexiones con la Geografía Urbana muy capaces de entender como paisaje urbano todo aquello que visualmente o mediante otros sentido tien un valos de uso colectivo, sea público o privado. Un saludo

  2. Florencio,
    También le agradezco su cita en la pág. 55 de su ponencia presentada al X coloquio sobre espacios y paisajes urbanos, a la Ordenanza del Paisaje Urbano de Barcelona que aprobamos en 1999.
    Un abrazo
    Ferran

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