Barcelona existe, y Montjuïc todavía más

[L]o cierto es que Barcelona existe porque también existe Montjuïc. Aunque parezca un oxímoron la dependencia de la ciudad con su montaña más urbana es absoluta, según nos relata la historia geológica.

A partir de un hundimiento de la zona del litoral, en el inicio del mioceno, hace millones de años, el mar invadió las partes bajas de la zona costera. Posteriormente, otros movimientos produjeron un levantamiento tectónico que conformó la montaña de Montjuïc y, al final del periodo terciario, otra transgresión del mar la convirtió en una isla.

La isla monjovica o de Montjuïc, por su situación ayudó a retener sedimentos cuaternarios transportados por los cursos fluviales y por la dinámica del litoral, haciendo que el perfil de la costa variase y se ganara cada vez más espacio al mar. Así se creó el gran “solar” de Barcelona.

Montjuïc, además, llena de generosidad, permitió que el hombre sacara de sus entrañas la piedra necesaria para la construcción de la ciudad. La Barcelona seminal, la Barcino del Táber, la ciudad medieval, se construyeron con piedra de Montjuïc. Sus murallas, casas y templos, necesarios para la defensa, el resguardo y el culto contienen la apreciada piedra arenisca, mayormente de color grisáceo, aunque a veces con tonos amarillentos y rosáceos.

Y es así como paseando por el Barrio Gótico, fijando la vista en el entorno construido reluce, como denominador común, la singular piedra, desde el pavimento de las calles y plazas hasta las fachadas de los edificios.

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Fachadas de la plaza de Sant Felip Neri de piedra arenisca de Montjuïc. Entrañable imagen cuyas paredes hablan de sangre, pólvora y metralla. Fuente: Estanislau Roca

Seguramente no es necesario apuntar que su máximo esplendor en la arquitectura culmina en el templo de la Sagrada Familia o en otras obras de Antonio Gaudí. Se utilizará hasta que se generalice el empleo del ladrillo a gran escala para la construcción del Ensanche Cerdà y, aún así, durante mucho tiempo, el zócalo de los edificios será de arenisca de Montjuïc, dada su demostrada resistencia a las inclemencias del tiempo, a la compresión y al roce.

Barcelona, según decía el poeta Verdaguer, crecía a los pies de la montaña y se hacía grande como ella. Pero mucho antes estaba documentada esta condición de maternidad, puesto que es bien conocida la tesis sobre la extracción masiva de piedra, que condujo a convertir Montjuïc en una montaña horadada a lo largo de todas sus faldas, aduciendo Montjuïc como la montaña mágica. Magia que se puede deducir de la lectura del viejo manuscrito del jesuita Pere Gil que data sobre el año 1600:

“La montanya de Mont Juich junt a Barcelona és de consideració per averse edificada della tota Barcelona. Diuen que la pedra creyx en ella: y que se a treta mes pedra della que no pujaria tota la dita montanya. Les moles della van per tot lo mon”

Sin embargo, la larga historia entre ciudad y montaña devino compulsa, sometida entre el amor y el odio. Por su singularidad, como un símbolo de relación entre el cielo y la tierra, así como por sus condiciones de defensa, y de amplia visión y dominio territorial propiciaron que, en Montjuïc, los íberos establecieran el primer asentamiento humano importante del que se tiene constancia. Y es de suponer que, por las dificultades de establecer el comercio en la montaña y por los problemas de comunicación y transporte debido al accidentado relieve, se construyera más tarde la ciudad romana del Táber. El asentamiento ibérico de Montjuïc se fue romanizando y convivieron dos Barcelonas, la Barcino del Táber y la Laye de Montjuïc, hasta que se abandonó esta última. A partir de entonces, y durante largo tiempo, Montjuïc fue una montaña lejana que acogió poco más que actividades agrícolas y un cementerio judío al que debe su nombre.

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Foso de la Pedrera, correspondiente a la antigua cantera Moragues. Fuente: Estanislau Roca

La relación sufrió un giro copernicano con la construcción del castillo militar por parte del poder central del Estado que indujo a múltiples óbices bajo su sombra, hasta que la ciudad se cohesionó nuevamente a Montjuïc, tras dos reconquistas claves: la primera, la Exposición Internacional del 1929 con la construcción de la principal puerta de la ciudad en la plaza de España y la urbanización de la avenida Mª Cristina jalonada por grandes palacios y, la segunda, los Juegos Olímpicos, que propició importantes mejoras urbanísticas asociadas.

Montjuïc no sólo fue la condición de la existencia geológica de Barcelona, pues también permitió proyectar la ciudad internacionalmente. Y, a la postre, en los cinco continentes no sólo se es consciente de que Barcelona existe, sino que además, como concluyó un famoso rumbero catalán, Barcelona tiene poder.

Para mayor información:

ROCA, E. 2000 Montjuïc, la muntanya de la ciutat. Barcelona: Institut d’Estudis Catalans. ISBN 84-7283-490-5. Premio trienal de investigación Lluís Doménech i Muntaner.

 

Estanislau Roca Blanch es doctor arquitecto y profesor de la Universitat Politècnica de Catalunya, actualmente es Director de Análisis y Proyecto Territorial del Departamento de Urbanismo y Ordenación del Territorio.

 

Ficha biblio­grá­fica
ROCA, E. Barcelona existe, y Montjuïc todavía más. Geo­cri­tiQ. 15 de enero de 2014, nº 25. [ISSN: 2385–5096]. <http://www.geocritiq.com/2014/01/barcelona-existe-y-montjuic-todavia-mas/>

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